Tal vez, haya ciertas cosas que nunca aprenderemos. Tal vez jamas maduraremos en algunos sentidos. Viviremos el resto de nuestras vidas con una parte de ignorancia, casi desapercibida. Creceremos, cambiaremos, lucharemos, juzgaremos... Pero puede que algunos pequeños detalles, algunos pequeños rasgos que tenemos no cambien. Yo sé que nunca aprenderé a olvidar. Lo sé, soy completamente consciente de ello. Sacar a una persona de tu mente es muy fácil. Pero sacarla del corazón, eso es otra historia. Y para mi es lo más difícil del mundo. Nunca voy a cambiar ese sentido de mi, tengo buena memoria. Siempre recordare lo que decíamos, los buenos ratos, la sonrisa de idiota que me sacaba cada mañana. También las burlas, cuando se reía de mi y cuando hacia el gilipollas. Sé que esos recuerdos están dentro de mi, y aunque para otros no signifiquen nada, para mi fueron lo más valioso del mundo.
Y comprendió que hay personas que brillan sin ser estrella, y que hay silencios que separan, sin ser kilómetros. Que la vida es un poquito así, sin sentido, pero que nos desesperamos por darle uno. Un sentido, con nombre y apellidos, a ser posible. Un sentido que nos abrace por las noches y que no se vaya al vernos las cicatrices: que las comparta con nosotros. Comprendió que enamorarse era una necesidad tan importante como respirar, y que, al igual que moría si no respiraba, también lo hacia, aunque de distinta forma, si no amaba. Pensaba eso del amor. Y también pensaba que las personas se habían acostumbrado a maquillarse los sentimientos, porque tenían miedo de que alguien llegase y les hiciese daño. Y es que no hay nada peor que alguien te rompa lo más bonito que tienes, es decir, las razones de sonreír, los sueños, las esperanzas. Que te quite las ganas. Así que nos vestimos con un poquito de orgullo, y lo miramos todo desde la distancia, tanteando el precipicio antes de saltar,...

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