Caer es inevitable para los seres humanos. Caer, fallar, hundirse. Aunque te hayas tirado voluntariamente, siempre hay un momento, en mitad de la caída, en el que darías cualquier cosa por volver atrás. Es así. Siempre. Pero todos preferimos la locura a la sensatez de la indiferencia. Y el problema no es el dolor que la caída nos produce. El dolor te hace sufrir, pero no te destruye. Todos necesitamos sentirlo alguna vez, para darnos cuenta de que podemos ser más fuertes. El problema es la soledad engendrada por el dolor. Eso es lo que te mata lentamente, lo que te aísla de los demás y del mundo. Y eso despierta la soledad que hay en ti. Es algo así como querer. Querer es un peligro. Es esperar ganarlo todo arriesgándose a perderlo todo, y algunas veces es también correr el riesgo de ser menos querido de lo que uno desea. Y por ello, mucha gente no esta dispuesta a correr el riesgo. Por eso de que en estos tiempos, si dos personas se quieren, parece no haber final feliz.
Si nos da miedo el amor, es porque hubo una vez nos hicieron daño, o incluso dos. Y cuando a la tercera, cuando en teoría va la vencida, lo que ocurrió es que realmente nos dimos por vencidos. Así que no juzgues a alguien por lo que quiere o deja de querer, porque a lo mejor tiene el corazón echo añicos y unas cicatrices en su piel que no se irán por mucho tiempo que pase. El amor es ese tren que no es que no espere, sino que atropella. Pero es dirigido por alguien por quien te habrías tirado a las vías una y otra vez. Por eso no vuelve a pasar, porque cada amor mata. Y la ilusión del siguiente es lo que resucita, y por eso hay quien dice que si no has muerto por lo menos siete veces en vida es que no has vivido nada. Hay que tener un par de cojones y mucho pero que mucho coraje para enamorarte, porque aquel que te sonríe es el mismo que una mañana te dejara las sabanas frías y un hueco imposible de llenar en tu cama. Hay que ser valiente para querer enamorarte de alguien aún sabiendo ...

Comentarios
Publicar un comentario