Aprendí a vivir. Aprendí a sonreír. A acostumbrarme a los cambios. A verte con ella y soportarlo. A negar lo evidente más de mil veces. Aprendí a decir que no cuando en realidad me moría por decir “si”. A ser yo. Aprendí a dejar que la vida siga su curso, que no entenderé ni la mitad. A bailar bajo la lluvia. A cantar hasta romperme la voz. A quedarme despierta hasta las tantas hablando por teléfono. A conocer a las personas y saber como son. Aprendí a gritar cuando algo me sorprendiera, me alegrara o no. A decir lo que pienso. A quedarme afónica millones de veces. Aprendí que la vida son dos días y uno está lloviendo, que vas a salir a la calle y te vas a mojar. Pero, sobre todo aprendí que tengo que ser feliz, y hacer que los de mí alrededor lo sean también. Y me alegro de haberlo aprendido.
Si nos da miedo el amor, es porque hubo una vez nos hicieron daño, o incluso dos. Y cuando a la tercera, cuando en teoría va la vencida, lo que ocurrió es que realmente nos dimos por vencidos. Así que no juzgues a alguien por lo que quiere o deja de querer, porque a lo mejor tiene el corazón echo añicos y unas cicatrices en su piel que no se irán por mucho tiempo que pase. El amor es ese tren que no es que no espere, sino que atropella. Pero es dirigido por alguien por quien te habrías tirado a las vías una y otra vez. Por eso no vuelve a pasar, porque cada amor mata. Y la ilusión del siguiente es lo que resucita, y por eso hay quien dice que si no has muerto por lo menos siete veces en vida es que no has vivido nada. Hay que tener un par de cojones y mucho pero que mucho coraje para enamorarte, porque aquel que te sonríe es el mismo que una mañana te dejara las sabanas frías y un hueco imposible de llenar en tu cama. Hay que ser valiente para querer enamorarte de alguien aún sabiendo ...

Comentarios
Publicar un comentario